Opinión: "La celebración del lobo" - Universidad Católica del Maule
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Opinión: “La celebración del lobo”

Opinión: “La celebración del lobo”
24 Ago 2023

Ximena Troncosos Araos, Prof. de español y Dra. en Literatura y académica de la Universidad Católica del Maule.

(Publicado originalmente en El Desconcierto)

Toda una vida humana

no alcanza para curar

las heridas de la infancia

Clemente Riedemann y Nelson Schwenkee

 

 Juguemos en el bosque mientras el lobo no está.

 

¿Habrá alguna herida más duradera que la del abuso infantil? Probablemente sí, la del abuso infantil por ese adulto que ha de cuidar, querer, proteger, y en quien otros adultos suelen depositar confianza.  Esa misma confianza es la que la niña o el niño entrega, pero que a veces es traicionada.

Recientemente se hizo pública una denuncia de abuso sexual cometido contra una niña por uno de los grandes empresarios agrícolas del país. El hombre resultaba ser el padre del presidente del partido UDI. La mayor parte de la prensa “olvidó” decir que la denuncia provenía de la propia familia del acusado. No solo lo que se dice significa, sino también lo que se omite, lo que se escamotea. Si la noticia era escandalosa, lo era aún más que la niña abusada fuera su propia nieta. Además, esto generaba mayores dudas sobre su presunta inocencia. Luego, con la indagatoria, aparecen tres casos más de abuso.

En base a los testimonios de las niñas y a un video incriminatorio, el Juzgado de Garantía ordenó su prisión preventiva por considerarlo “un peligro para la seguridad de la sociedad y las víctimas, además del peligro de fuga”. Pero como suele ocurrir en Chile, cuando parece que la justicia llega, la maquinaria mueve sus engranajes. Primero, el abogado de turno consigue que el acusado no vaya a la cárcel sino a un hospital por enfermedad. Todos saben que este tipo de acciones suelen ser artimañas, pero no se trata del peón del fundo, es nada menos que el señor de la querencia. Posteriormente, la Segunda Sala de la Corte de Apelaciones de Rancagua revocó la prisión por una caución de 150 millones de pesos. Esto “ablanda al juez más severo, / poderoso caballero es don Dinero” (los versos de Quevedo no pueden ser más actuales). Por tanto, don Eduardo Macaya puede irse a su fundo a celebrar, mientras su hijo, el honorable, mueve los hilos para cuidar al pater familias y el patrimonio, aunque eso signifique que ni su hermana ni sus nietas duerman tranquilas.

La Justicia en Chile no hace honor a sus símbolos de la balanza y de la mujer con la venda en los ojos. Lo que una instancia escribe, la otra, la de más alta esfera, anula. Si los derechos de la niñez no valen para niñas de clase privilegiada porque el victimario es más poderoso, qué queda para la hija de la nana de esa misma familia. Qué pueden esperar niños y niñas pobres. Sí, digo pobres, no vulnerables, porque todos los niños y las niñas son vulnerables de una u otra forma. ¿Qué les espera a esos tres pequeños hermanos que escaparon para no ir a un hogar?

El caso denunciado me evocó la película “La celebración” (Festen), en que un poderoso patriarca festeja su cumpleaños con gran boato. A medida que avanza la historia, sabemos que una de sus hijas se suicidó y uno de sus hijos vive torturado. El día del festejo, el hijo corre el tupido velo y desenmascara al aparente hombre probo ante los comensales. Aun así, su ascendiente sigue protegiéndolo frente a los invitados incrédulos u obsecuentes. Más perturbador todavía resulta pensar que esa historia puede tener y tiene referentes reales.

La autoridad familiar, social o religiosa es aprovechada en ocasiones para abusar de niños y adolescentes. Son los lobos travestidos de abuelas. Con esa autoridad, algunos esgrimen un discurso que enaltece el valor de la familia (solo la de papá-mamá-hijos y bajo matrimonio) y defienden la vida antes del nacimiento (no después). Se yerguen con máscaras de moralidad, arremetiendo y pontificando en contra de personas con identidad u orientación sexual diferentes.

Y a propósito de lobos, Caperucita no es culpable por desobedecer a la mamá, Caperucita no es culpable por entretenerse en el bosque ni por hablar con el lobo. Lo que la vuelve vulnerable no es la desobediencia, sino la obediencia. Caperucita es una víctima de la obediencia ciega a la figura del adulto como autoridad incuestionable, a la que, eventualmente, se le añaden otras formas de autoridad con las que se inviste. Una interpretación que a veces escucho o leo sobre este cuento es que los niños no deben hablar con desconocidos. Tal mensaje aleccionador es una estafa y un peligro, como si todos los desconocidos fuesen unos canallas y todos los conocidos personas de quien confiarse. Hoy sabemos que la amenaza suele estar más cerca de lo que pensamos.

El Estado está en deuda con la niñez en general y con la más desvalida en especial. La sociedad y la escuela tienen una deuda con niños y niñas para protegerlos, no de ilusorias malas influencias alimentadas por los prejuicios rancios, sino del peligro real de los lobos travestidos. La Iglesia tiene una deuda con la niñez, ¡y qué deuda!, por la enorme cantidad de abusos y por la política corporativista de silencio y ocultamiento. Por esto, el papa Francisco reconoció el daño (“nuestros errores y pecados”) con “dolor y vergüenza”, en carta a los obispos de Chile tras el informe de Mons. Charles Scicluna.

La protección de la niñez también está maltrecha desde lo legal a lo judicial al subestimar la violencia hacia niños y niñas y sus consecuencias. Lamentablemente, en demasiadas ocasiones lo que se impone en la realidad es similar a lo que ocurre en el cuento Caperucita Roja en la versión de Charles Perrault, en vez de la versión de los hermanos Grimm. En la primera, Caperucita termina devorada y el lobo no es ajusticiado por el cazador, pues no hay cazador. Posiblemente, Gabriela Mistral quiso mostrar esa tragedia cuando reescribió el cuento:

Y el viejo Lobo ríe, y entre la boca negra
tienen los dientes blancos un terrible fulgor.
“Abuelita, decidme ¿por qué esos grandes dientes?”
“Corazoncito, para devorarte mejor…”

Ha arrollado la bestia, bajo sus pelos ásperos
el cuerpecito trémulo, suave como un vellón,
y ha molido las carnes y ha molido los huesos
y ha exprimido como una cereza el corazón.
“Las opiniones vertidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente el pensamiento de la Universidad Católica del Maule”.

 

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