Opinión: "Elogio del opinante" - Universidad Católica del Maule
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Opinión: “Elogio del opinante”

Opinión: “Elogio del opinante”
17 Dic 2021


Hernán Guerrero Troncoso, académico del Departamento de Filosofía e investigador del Centro de Investigación en Religión y Sociedad (CIRS) de la Universidad Católica del Maule.

Ya quedan menos de 48 horas para que se comience a decidir en las urnas quién será el futuro presidente de Chile por los próximos cuatro años. Desde que se conocieron los resultados de la primera vuelta, hace poco menos de un mes, no ha habido momento en que esta elección pasara a un segundo plano en los medios de comunicación masiva, para qué decir de las redes sociales. De hecho, incluso el repentino fallecimiento de la viuda de Augusto Pinochet se ha relacionado a la campaña. Si el estallido social y la consiguiente Convención Constituyente trajeron consigo una marejada de voces que continuamente han intentado explicar lo que ocurre o, incluso, que pretenden dictar el rumbo que debería tomar el país, en estas últimas elecciones el bullicio –por no decir, el parloteo– ha aumentado exponencialmente. Lamentablemente, como ocurre generalmente cuando todo el mundo se apresura por hacerse escuchar, las opiniones y reflexiones rescatables se pierden muchas veces en la marejada de ideas a medio cocinar o de consignas que se han repetido hasta el cansancio. Con ello resulta que, en lugar de inclinar la opinión pública hacia un determinado candidato, los votantes terminan saturados y, en el peor de los casos, quienes se dignen a ir a votar lo harán más por despecho que por convicción, esto es, irán a votar en contra del candidato que les resulte más antipático.

Pero pareciera ser que los estimados opinantes (para evitar llamarlos, de manera peyorativa, “opinólogos”), por los motivos que sean, ignoraran que es muy difícil, desde una columna, una entrevista, una carta (o mil), influir en la opinión pública o, más aún, indicarle a la gente por quién deberían votar. Lo que es peor, pareciera ser que no supieran reconocer, o no lo quisieran hacer, que son muy pocos los que se van a dar el tiempo de leer sus opiniones, reflexionar sobre ellas y, en el mejor de los casos, cambiar su opinión gracias a ellas. Es indudable que su rol es importantísimo, ya que ayuda a educar el criterio y la reflexión sobre los asuntos públicos, pero quienes son capaces de presentar una opinión fundada en términos asequibles y comprensibles para cualquier persona, medianamente formada, están condenados, al menos por ahora, a ser tomados en consideración por unos pocos, quienes ya cuentan con una cierta formación y que, por lo tanto, acuden a ellos para confrontar sus ideas, no para que les digan qué hacer.

Asimismo, junto a quienes se esfuerzan por plantear ideas o visiones de país, proliferan aquellos que no hacen sino repetir majaderamente un discurso sin mayor articulación, profundidad ni coherencia, pero que logra un impacto mayor, ya que apela a las emociones más básicas de la opinión pública, como son el miedo, la inseguridad, la desconfianza. En estas últimas décadas, que han estado marcadas por grandes crisis económicas a nivel mundial, en las que ha aumentado exponencialmente la inmigración, estos profetas del desastre han calado hondo en el inconsciente de la sociedad, cacareando incesantemente en contra de “los políticos” (como si ellos, en el fondo, no lo fueran, y como si sus actuaciones públicas no fueran, asimismo, políticas) y erigiendo figuras que vendrán a “salvar al país”. En este sentido, ¿qué puede hacer alguien que pretende plantear una visión de país a largo plazo, contra los vociferantes, cuya única finalidad pareciera ser la de amedrentar y provocar? Más aún, ¿qué valor puede tener un ideal de país, como el que se juega en estos momentos en la Convención Constituyente, o un proyecto común a largo plazo, si los comparamos a “los problemas de la gente” o a los liderazgos unipersonales e intransferibles?

No quiero creer que es una empresa imposible, la de intentar plantear ante la opinión pública asuntos públicos relevantes, que vayan más allá de la próxima elección o del sinnúmero de problemas que enfrentamos en nuestro diario vivir. Sin embargo, el opinante, que en este caso se convierte más bien en un pedagogo, no puede aspirar a que su opinión determine una elección, los contenidos de la próxima Constitución o el país que construiremos en los siguientes cincuenta años. Además, no puede reducir su argumentación a simples consignas, como ha sido la tónica durante este último mes, en que se ha querido reducir la elección a una lucha entre el “fascismo” y el “comunismo”. Sin contar con que ambas denominaciones, de tanto ser usadas, perdieron cualquier sentido, y sirven de comodín para denostar a quienes no están de acuerdo con uno, si una elección, que es un proceso regular en una sociedad democrática, se convierte en una batalla, después cuesta mucho recuperar las confianzas y lograr acuerdos. Peor aún, se levanta un manto de sospecha sobre cualquier acuerdo legítimo entre los recientes contendores, y el común de la gente se puede sentir traicionada, si quienes se presentaban como enemigos acérrimos comparten sonrientes la misma mesa.

La liviandad con la que muchos que pueden hacer sentir su opinión, ya sea porque tienen un micrófono en frente o porque logran que sea publicada en diarios y revistas, toman la responsabilidad que conlleva opinar públicamente, hace urgente la necesidad de estar atentos a quiénes le entregamos el micrófono y a quiénes permitimos que alcance un público amplio. Aquí no se trata de censurar, sino de examinar seriamente las implicancias de un discurso que no está en manos de un ciudadano común y corriente, de la “Sra. Juanita” de turno, sino de personajes que tienen a su cargo proponer, aprobar o rechazar leyes, como el Sr. Johannes, que en el país de origen de su familia habría tenido que responder ante la justicia por sus dichos, por incitar al odio, el Sr. Gonzalo, que tilda de comunista a todo lo que sea contrario a lo que él plantea, por nombrar algunos. Por supuesto que tienen derecho a su opinión, pero eso no implica que tengan el derecho a hacerla pública o a pretender que tengan la misma difusión de otras, especialmente cuando incitan al odio o a la discriminación, cuando difunden falsedades o cuando se niegan a entrar en un debate serio y reducen todo a un discurso monótono y simplón.

Pero, sobre todo, la responsabilidad que implica plantear la propia opinión sobre asuntos públicos ante la gente, debería llevar a los opinantes a intentar estar a la altura de la tarea que se han propuesto. Por lo pronto, en lo que respecta a las opiniones que se puedan emitir todavía sobre estas y las elecciones que vengan después, quizás sería bueno plantearse preguntas como las siguientes: ¿Es relevante anunciar los motivos por los cuales uno va a votar por un candidato determinado, con la esperanza de que los demás sigan el ejemplo? ¿Vale la pena condenar al “fascismo”, al “comunismo” o a cualquier “-ismo” de tal o cual candidato, cuando dichos términos pueden significar cualquier cosa, y en nada aportan a la discusión de fondo? En resumen, ¿la opinión que se quiere plantear es un aporte para la sociedad, abre una discusión entre ciudadanos adultos, o es más bien un ejercicio de vanidad, que no cumple otra función más que mantener el debate a niveles mínimos? Quizás, después de haberse dedicado seriamente por años a pensar qué país podríamos construir entre todos, sin pretender convertirse en un mesías o en el arquitecto del nuevo orden, en algún momento se podrá decir con orgullo del opinante que su trabajo fue digno de un filósofo.

 

“Las opiniones vertidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente el pensamiento de la Universidad Católica del Maule”.

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