"2082 - A Inés" - Universidad Católica del Maule
Trigger

“2082 – A Inés”

“2082 – A Inés”
5 Ago 2022

 Dr. Javier Agüero Águila, director del Departamento de Filosofía de la Universidad Católica del Maule.

Nací en 2065, tengo 17 años y vivo en Santiago de Chile. Mi madre, Fresia, es ingeniera y mi padre, Joaquín, auxiliar en un hospital en el que se atiende toda la gente de Providencia, la comuna donde vivo (al parecer hace muchos años había salud privada y otra pública… no logro entender mucho). Soy hijo único.

Voy en tercero medio en un liceo donde la mitad de mis compañeras y compañeros son de otros lados del mundo. Hoy todos pueden venir libremente de cualquier parte. En otros tiempos, según cuenta mi abuela que tiene casi 90, se llegó a pensar en construir zanjas para que las personas no pudieran entrar. También dice, y lo encuentro impresionante ¡que el agua se podía comprar! A veces pienso que la abuela delira, aunque todavía está bien de salud y vive tranquila con una plata que le da el gobierno y que le alcanza para todo. Se la pasa jugando cartas con sus vecinas y vecinos, lee, viaja y se ve feliz.

Soy fanático de los juegos de realidad virtual en los que puedo reunirme con amigos sin necesidad de salir de la casa y experimentar algo así como una vida paralela. De todas formas y aunque me encanta jugar en esa realidad, desde niños hemos sentido, sin saber muy bien por qué, la necesidad de juntarnos y vernos, de conversar y hacer cosas todas y todos juntos. Levantar un vivero a la antigua, por ejemplo (he visto en el interspace que hace 60 años, antes de que las plantas y árboles crecieran directamente por efecto del bioláser, se necesitaba de un plástico gigante que filtrara la luz del sol y que protegiera a las plantas del frío), o jugar a la pelota en canchas de barro con mis compañeras y compañeros como se hacía antiguamente, antes de que apareciera el pasto ultrasintético –creado en base al litio chileno– que forma todo un ecosistema a su alrededor y que permite jugar en el exterior hasta en la Antártida. Igual he visto que hace harto tiempo atrás, el fútbol era casi exclusivo para los puros hombres, así como varios otros deportes y actividades.

Me cuesta creerlo, no me imagino un partido sin mis compañeras de mediocampistas o arbitrando los partidos.

No me interesa la política, mi vida se trata de estar con la gente que quiero. Me la paso siempre pensando en cómo los demás me pueden ayudar con mis proyectos y yo a los de ellos. No hay ninguna posibilidad de hacer algo solo. Por alguna extraña razón eso no se puede y hay como una fuerza medio misteriosa que siempre nos empuja a estar juntos, a pensar juntos y a salir adelante todos juntos. A veces me pregunto qué se sentirá ser una persona individualista –como dice la abuela que pasaba cuando ella era joven–, que los otros no me importen y solo sea yo.

Ya no hay un yo como dice mi mamá, solo un nosotros (me lo repite desde pequeño y con el tiempo he ido entendiendo el mensaje). Mi vieja es del sur y siempre le achunta a todo.

En mi país, lo leo en los e-books del liceo y todo el mundo lo sabe, hubo, hace más de un siglo, una dictadura sangrienta. Pinochet, el jefe, castigaba a las personas por pensar de manera diferente y fueron 17 años de mucha crueldad. Repito que no me interesa la política, pero sí estoy claro de que mi deber es conocer la historia –no hay que ser político, pienso yo, para interesarse por la memoria–. Después de eso regresó la democracia y, nuevamente como cuenta mi abuela, Chile se transformó en una gran economía en el mundo. Pero por dentro la cosa estaba fea: “mucha desigualdad y discriminación”, es lo que dice. Mapuches y otros pueblos no mestizos (como somos nosotros) eran tratados como seres humanos de segunda categoría y una parte de la gente de mi país no le quería devolver lo que le habían quitado. Menos mal que hoy todos vivimos respetándonos y según nuestras propias costumbres y creencias. Eso sí, hay una Primer Ministra que elegimos y que ordena, junto con una sola cámara de diputadas y diputados, el asunto para que nadie sea o se crea más que el otro.

Me interesa mucho lo que pasó el año 2019, en octubre, me apasiona en realidad. Sé que la gente en Chile estaba mal, había abusos de todas partes y, entonces, vino lo que llamaron el Estallido social. Esto es lectura obligada en el liceo y me ayuda un montón a entender por qué hoy tenemos el país que tenemos. Fue tan fuerte este estallido que se llegó a crear una Convención constitucional ¡con gente que no pertenecía a los partidos políticos! (como yo) o al menos en su mayoría, tal como pasa hoy en que hasta el vendedor de sachet de ondas de sonido portátiles de la esquina de mi casa, agrupado con otros y otras como él, opinan y pueden decidir cosas importantes. Lo mismo los panaderos, las médicas, las árbitras de fútbol, etc.

También me da pena cuando leo que personas murieron en este estallido. A muchas y muchos les volaron los ojos. Recuerdos tristes de gente que se sacrificó por algo que, menos mal, terminó valiendo la pena.

Bueno, el asunto es que después se hizo un plebiscito para aprobar o rechazar ese documento que salió de la Convención. Fue una cosa muy rara, la gente estaba como loca defendiendo una posición o la otra. Mi abuela me cuenta que, por un lado, los que apoyaban el rechazo decían un montón de mentiras y los medios de comunicación hicieron una campaña que casi derrotó al apruebo; por otro lado, mucha gente que se decía de izquierda en ese momento se puso contra la nueva Constitución (hasta hubo un grupo de personas que se llamaron “Los amarillos por Chile”. Pobre el hermoso color amarillo, qué culpa tenía).

Yo no sé qué país hubiera sido éste. A lo mejor todavía existirían esas escuelas privadas para unos pocos, o no habría hospitales tan buenos como ese en el que trabaja mi viejo y mi mamá, que es ingeniera, no se hubiera casado con un auxiliar que no fue a la universidad, sino que a un súper instituto de formación técnica. Quizás habría más zanjas para que se caigan las personas que se movilizan de un lugar a otro, menos compañeros y compañeras de todas partes del mundo en mi sala de clase, y los pueblos originarios capaz que ya ni existirían. A lo mejor mi abuela tampoco estaría viva o, de estarlo, no sería feliz.

Mi país no es ideal, obvio, pero como que nadie sospecha del otro ni creemos que nos van a quitar nuestras cosas porque sabemos que lo que es de uno es también de alguien más. Me cuesta un poco explicármelo, imagino porque a la larga y después de 60 años, ahora en el 2082, tuve la suerte de nacer en un lugar donde la ley estaba hecha para todas y todos, por todas y todos.

Hoy caminando por la calle San Diego, en la que por más de 100 años se han vendido libros usados y muy viejos, me encontré con un ejemplar de la propuesta constitucional del 2022, entregada por una joven mujer Presidenta de la Convención a un Presidente de la República, también, muy joven. Estaba casi destruida, agonizaba, olía a naftalina y algunas páginas estaban hasta carcomidas por algún bicho; pero era muy llamativa y logré comprender por qué yo me sentía libre, seguro y feliz en este país y con mi gente desde que nací.

La abrí y en la primera página decía: “Chile es un Estado social y democrático de derecho. Es plurinacional, intercultural, regional y ecológico”. Y entendí.

No la compré, el librero me la regaló.

Eran las 10 de la mañana del sábado 16 de julio de 2082.

 

 

“Las opiniones vertidas en esta redacción son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente el pensamiento de la Universidad Católica del Maule”.

EnglishFrançaisDeutschहिन्दीPortuguêsEspañol