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Columna de opinión: La consagración de la virtualidad

Columna de opinión: La consagración de la virtualidad
3 Abr 2020

Hernán Guerrero Troncoso, académico de la Facultad de Ciencias Religiosas y Filosóficas de la UCM.

La bendición impartida por el papa Francisco este pasado viernes 27 de marzo desde la plaza de San Pedro bien puede ser considerada un acontecimiento histórico, en el sentido más profundo de la palabra. Aparte de señalar otra página de la crónica de los tiempos del Coronavirus, más allá del significado que tiene para los católicos, esta celebración constituye una toma de posición ante una de las preguntas fundamentales de la filosofía, ¿qué significa estar presente, estar en presencia de algo o de alguien?

Varias veces durante su pontificado, Francisco se había servido de las redes sociales para hacer llegar su mensaje evangélico y había ofrecido indulgencias parciales o plenarias para quienes siguieran las transmisiones, que serían válidas según lo establecido por la liturgia católica. Nunca antes, sin embargo, había sido posible presenciar la celebración exclusivamente a distancia. Solo el Santo Padre, sus escasos concelebrantes y acólitos, los técnicos responsables de la transmisión y los policías apostados alrededor de la plaza, detrás de las rejas de contención, estaban reunidos en ese momento, y se podría decir que eran los únicos que participaban activamente de la celebración. Sin embargo, la intención de Francisco, la convicción que daba sentido a este acto, era la de hacer llegar sus palabras y su bendición a tantos católicos cuanto fuera posible, en la medida en que estuvieran siguiendo la celebración a distancia mientras se estaba llevando a cabo. ¿Qué significa, entonces, estar presente?

El significado corriente de la presencia consiste en encontrarse con algo o con alguien al mismo tiempo y en el mismo lugar. Los alumnos que están en la sala cuando el profesor pasa lista deben responder diciendo “presente”. Quienes no están, son marcados como ausentes. Este significado, sin embargo, se aplica solo bajo el supuesto que al menos uno de los que se encuentra en un lugar tenga consciencia de sí mismo y, por consiguiente, de lo que lo rodea. Un animal, dado que carece de dicha autoconsciencia, jamás está en presencia de aquello que lo rodea, aun cuando interactúe con su entorno.

Así, el mero estar junto a otro no significa que uno esté presente, así como la lejanía espacial o temporal tampoco implica una ausencia total. Un hecho importante del pasado determina nuestra vida, para bien o para mal, así como también algo que esperamos lograr, un plan de cualquier especie, ordena en torno a sí nuestras acciones presentes y futuras. En ambos casos, podemos hablar de una presencia, pasada o futura, en la medida en que tenemos presente eso que ocurrió o que esperamos que ocurra. Asimismo, cuando estamos lejos, pero de alguna manera mantenemos el contacto con otro, podemos hablar de una presencia virtual, en el sentido de que nuestras acciones y palabras tienen la fuerza suficiente como para afectar la vida de los demás, y viceversa. Ciertamente, solo cuando estamos en presencia el uno del otro, dicha presencia se consuma, pero eso no quiere decir que su significado se reduzca a esa contigüidad. En tanto somos consciencia de nuestra vida y de nuestras acciones, en cierta medida tenemos presente lo que ocurrió, lo que ocurre y lo que ocurrirá. La presencia es la medida de la ausencia, la alegría de estar junto a alguien es proporcional a la tristeza de no tenerlo cerca, así como lo es el alivio de no estar con quien nos ha hecho daño.

Este breve examen se puede resumir en la afirmación del carácter trascendental de la presencia, del hecho de que, si bien depende del espacio y del tiempo, es la presencia la que determina el valor de la cercanía o la lejanía en ambos casos. Podemos sentir la presencia, casi como si estuviera junto a nosotros, de alguien que está al otro lado del mundo o que nos dejó hace mucho tiempo, así como podemos estar ausentes para quienes nos rodean, porque nos cerramos a cualquier contacto con ellos.

Ahora bien, el desarrollo de las tecnologías de comunicación ha vuelto más complejo este examen. Si dejamos de lado las grabaciones, en las que se preserva, de manera estática, aquello que ya pasó, gracias a dichas tecnologías es posible escuchar y ver algo o a alguien que se encuentra lejos como si estuviera junto a nosotros y, con ello, asistir a lo que se lleva a cabo mientras se lleva a cabo. Podemos escuchar al teléfono a alguien que vive en Australia con la misma facilidad con la que hablamos con alguien que está a veinte minutos de donde nos encontramos. Podemos presenciar, con un desfase de segundos, lo que ocurre en cualquier parte del mundo mientras ocurre, aun cuando no estemos ahí. Y, aunque se trate de meras imágenes o sonidos producidos por las cámaras o los altavoces, consideramos que estamos en presencia de la persona con quien hablamos o de los hechos que vemos, aun cuando no estemos ahí, juntos en el mismo lugar.

A partir de estas reflexiones, espero haber ayudado a apreciar con mayor claridad la importancia histórica de la bendición papal. Como nunca antes, fue una celebración para los que no estaban en ese lugar, porque el Coronavirus nos ha obligado a alejarnos unos de otros, a no compartir el espacio para evitar el contagio. Al mismo tiempo, fue una celebración que llamó a los fieles a estar presentes, a pesar de la distancia física: la bendición y la indulgencia serían válidas para quienes estuvieran presenciando en directo la celebración, para quienes estuvieran rezando desde sus casas al mismo tiempo con el Papa. Francisco utilizó las redes sociales y los medios de comunicación, corrientemente asociados al aislamiento social y al ensimismamiento delante de una pantalla, en su sentido literal, para que mediante los aparatos de comunicación tuviera lugar un vínculo entre los creyentes que seguían la transmisión. Pocas personas estaban junto al Papa en la plaza y en la basílica de San Pedro, pero muchos fieles estaban en su presencia desde la distancia.

Sin embargo, el punto cúlmine de la celebración se dio con la adoración al Santísimo Sacramento. Uno de los misterios de la fe católica, ante el cual no queda sino creer contra la evidencia de los sentidos, consiste en el hecho de que Cristo mismo estaría presente en la hostia consagrada. Si se puede decir que quienes siguieron la transmisión estuvieron efectivamente presentes en la celebración, igualmente se debería afirmar que Cristo mismo estuvo con todos ellos en esos momentos, donde fuera que se encontraran. Y si bien no se puede decir que esa presencia en conjunto tuviera un carácter real, porque la gran parte de los fieles estaba en otra parte, sino virtual, si se cree que Dios estaba presente en la hostia consagrada, habría también que creer que los fieles que siguieron la transmisión estuvieron en su presencia. Es así que podríamos hablar de una consagración de la virtualidad, de la reivindicación por parte de Francisco de los medios de comunicación como instancia de encuentro y no de aislamiento. El sonido de las campanas que colmó la plaza de San Pedro, mezclado a su vez con el sonido de las sirenas de las ambulancias, queda como celebración de dicha consagración.

 

 

“Las opiniones vertidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente el pensamiento de la Universidad Católica del Maule”.